Capítulo 11

—¿Harrimore? —dijo Drummond incrédulo—. No tiene ningún sentido, Pitt. Por el amor de Dios, ¿por qué? —Estaba en pie frente a la librería de su despacho. Él fuego ardía con viveza, su calidez invadía la estancia—. Puede que descubriera que Blaine estaba engañando a su hija, pero ningún hombre cuerdo asesina por algo así. Podía haberle parado los pies con solo plantearle la cuestión cara a cara. Después de todo el sustento de Blaine dependía de él. —Lanzó a Pitt una mirada penetrante—. Y no me diga que se lo planteó en el patio de la herrería de Farrier’s Lane y se pelearon. ¡Bobadas! Podía haberse encarado con él cómodamente en su propio hogar. Ese hombre vivía en su casa. No tenía necesidad de inventar una farsa tan complicada para hacer que Blaine acudiera a Farrier’s Lane en mitad de la noche. Y usted tendrá que hacer algo más que decirme que Prosper Harrimore está loco. Es un reputado miembro de la comunidad financiera, al menos tan respetable como cualquier otro hombre de negocios.

Pitt esbozó una leve sonrisa.

—Ha respondido a todos los argumentos que no he expuesto —observó.

—¿Qué? —Drummond frunció el entrecejo. Estaba de peor humor y más lento de entendederas que de costumbre. Pitt sabía que había dejado de poner el alma en el empeño.

—Digo que ha respondido a todos los motivos que no le he dado —repitió.

—Oh. Entonces ¿qué motivo cree que tenía Harrimore para asesinar a su yerno? Sea como fuere, ¿cómo ha llegado a esa conclusión? Aún no me lo ha dicho.

El inspector se mordió el labio y se sintió avergonzado.

—Eso resulta menos sencillo. A decir verdad fue Charlotte quien llegó a ésa conclusión. —Se apresuró a mirar a Drummond, pero no vio la impaciencia que esperaba. Cogió aire y se lanzó—. Charlotte cultivó la amistad de Adah Harrimore, la madre de Prosper, y pasó algún tiempo hablando con ella. Sabíamos que albergaba un profundo rencor contra los judíos, pero yo supuse que nacía de su creencia de que un judío asesinó al marido de su nieta de un modo especialmente brutal y ofensivo. —Hundió aún más las manos en los bolsillos, un consuelo que no habría estimado posible delante de cualquier otro superior—. Muchas otras personas que ni siquiera lo conocían sentían lo mismo. Pero al parecer sus sentimientos antisemitas se remontan mucho más en el tiempo; probablemente a su infancia. Ella cree que los judíos son impuros y que son los responsables de la crucifixión de Cristo.

—Y lo son —corroboró Drummond, la perplejidad en sus ojos.

—Desde luego que lo son —espetó Pitt con tono exasperado—. ¡Casi todos los personajes de la historia, buenos, malos e indiferentes, incluyendo el propio Cristo, eran judíos! Como lo eran María y María Magdalena y los apóstoles. Como lo eran también todos los profetas del Antiguo Testamento.

—Eso supongo. —Drummond arrugó la frente, como si la idea le resultara nueva—. Pero ¿qué tiene eso que ver con Adah Harrimore y con Prosper?

—Ella es de la opinión, que comparte mucha otra gente —explicó Pitt con turbación—, en particular los criadores de prestigio (lo vi mientras crecía en el campo), de que si una buena perra se escapa y regresa con un cachorro de un chucho cualquiera…

—¡Pitt! ¡Por el amor de Dios! —exclamó Drummond—. ¿De qué demonios está hablando?

—De que la perra está perdida —terminó Pitt—. Después de eso todas sus camadas estarán contaminadas.

—Supongo que sabe de lo que habla.

—Sí. Adah Harrimore creía que una mujer que mantuviera trato carnal con un judío quedaría contaminada por siempre jamás. Cualquier hijo que viniera después se vería afectado.

—¿Por qué iba eso a explicar que Prosper Harrimore matara a Kingsley Blaine? —inquirió Drummond con impaciencia.

—Porque el marido de Adah la engañó con una judía estando ella encinta de Prosper… y él nació con un pie y una pierna deformes —aclaró Pitt con tono fatigado—. Ella cree que fue consecuencia directa del trato con judíos. Le inculcó eso a Prosper, quien achaca su deformidad a los actos de su padre. Cuando vio que Kingsley Blaine estaba engañando a su hija (también embarazada) exactamente del mismo modo, adoptó unas medidas violentas, apasionadas para evitarlo antes de que su nieto naciera deforme y su hija perpetuara su deshonra en futuros vástagos.

—¡Santo Dios! —Drummond meneó la cabeza—. No lo sabía. ¿Hay algo de verdad en todo esto? ¿Puede echarse… puede echarse a perder el ganado de tal modo?

—¡No! —exclamó Pitt furioso—. Son bobadas perversas y supersticiosas, pero hay personas ignorantes que las creen, y los Harrimore se encuentran entre ellas. La vieja Adah así se lo dijo a Charlotte.

Drummond estaba avergonzado por haberlo creído, aunque fuera por un momento. Sus mejillas se tiñeron de rojo.

—¿Ella lo admitió? —preguntó con sorpresa.

—Admitió que los judíos eran impuros, a su juicio —explicó Pitt—. Y que esa era la causa de la deformidad de Prosper.

Drummond suspiró.

—Pero no tiene pruebas, ¿no es cierto?

—No. Aún no.

—Bien, será mejor que las busque. Creo que voy a abstenerme de contar a nadie lo de Aaron Godman hasta que tengamos algo concluyente.

—Haré lo que pueda. Volveré a visitar al portero del teatro para ver si recuerda algo más. —Pitt se dirigió a la puerta y estaba a punto de abrirla cuando Drummond habló de nuevo.

—Pitt.

Este dio media vuelta.

—¿Sí, señor?

—Cuando el caso esté cerrado, presentaré mi dimisión. Ya se lo he dicho al subcomisario. Voy a recomendarle a usted para que ocupe mi lugar. Antes de que diga nada déjeme explicarle que no será únicamente un trabajo de oficina. Podrá controlar usted mismo gran parte de lo que haga. —Esbozó una leve sonrisa de afecto y respeto—. No tendrá a nadie en quien confiar como yo le tengo a usted. Deberá encargarse usted mismo de buena parte de la investigación de los casos más graves, en particular de los especialmente delicados desde el punto de vista político. No lo rechace sin haberlo pensado bien.

Pitt tragó saliva con dificultad. No debería estar sorprendido, pero lo estaba. Había pensado que Drummond superaría ese estado de ánimo, pero ahora se daba cuenta de que tenía que ver con Eleanor Byam, y de que era definitivo.

—Gracias, señor —murmuró—. Le echaré mucho de menos.

—Gracias, Pitt. —Drummond parecía turbado, complacido, vulnerable—. Sin duda lo veré de cuando en cuando. Yo… —Se interrumpió, sin saber cómo continuar.

Pitt sonrió.

—Sí, señor. —Miró a Drummond a los ojos y supo que este comprendía, y que era mejor no decirlo—. Iré a ver al portero.

Micah Drummond sintió un profundo alivio, casi euforia, ahora que no solo había tomado la decisión, sino que además se había comprometido con ella. Se lo había dicho a Pitt. No había forma honrosa de volverse atrás. Económicamente no importaría. Tendría menos dinero, por supuesto, ya que perdería su salario de policía. A Pitt le supondría una inmensa mejora, mas para Drummond el sueldo siempre había sido algo que estaba bien, pero no necesario en modo alguno. Había heredado considerables medios y le correspondía la posición de caballero; no por ascensos, sino por nombramiento en virtud de su experiencia militar, su capacidad administrativa y precisamente por ser un caballero, de confianza, con dotes de mando y de la misma clase y naturaleza que quienes lo eligieron.

Lo de Pitt sería un asunto completamente distinto, si bien había descubierto en conversaciones delicadas que había en el Ministerio del Interior personas poderosas que aprobarían su nombramiento.

También habría quienes estarían en desacuerdo, quienes se lo tomarían a mal y recelarían de un hombre de la clase obrera, independientemente de lo bien que hablara. Nunca sería uno de ellos; eso era algo con lo que había que nacer. Pero ya era hora de que los hombres encargados de resolver importantes crímenes fueran profesionales, no distinguidos aficionados, por muy respetados o agradables que fueran.

Quince minutos después de que Pitt saliera del despacho, Drummond cogió el sombrero, el abrigo y el bastón, y se marchó. A media tarde ya estaba hecho. Había presentado su dimisión, en un mes a partir de ese día, y había sido aceptada de mala gana. Tal y como le había sido insinuado anteriormente, le habían asegurado que Thomas Pitt sería nombrado sucesor suyo. Había tenido que bregar, entregarse a un politiqueo mucho más tortuoso del que nunca antes había practicado.

Ahora descendía por Whitehall a grandes zancadas, contra el viento inclemente, el paso alegre y la cabeza alta. Al llegar a Parliament Street llamó un coche, y su voz resonó en el aire cortante como un desafío.

El cochero se detuvo.

—¿Señor?

Le dio la dirección de Eleanor Byam y subió al vehículo. Se recostó en el asiento con el corazón desbocado. Si se lo pedía a Eleanor ahora, la respuesta no sería sino afirmativa, o quizá ella no sentía lo mismo por él. Ya no valían las excusas de que le costaría su posición, ya fuera profesional o social. No dejaba de darle vueltas y más vueltas en la cabeza a medida que el coche se dirigía hacia el este traqueteando por entre el tráfico, a duras penas era consciente del trayecto. Pensó en cada uno de los argumentos que ella emplearía, en cómo él los rebatiría, en todas las garantías que le ofrecería. Y durante todo ese tiempo una parte pequeña, cuerda, de su mente se empeñaba en decirle que las palabras no importaban. O ella deseaba aceptarlo, en cuyo caso los argumentos eran innecesarios, o no lo deseaba, y en este caso de nada servirían. Es imposible convencer a alguien de que ame.

Aun así su cerebro seguía entregado a las palabras. Quizá fuera una especie de anestésico hasta que llegara y la suerte estuviera echada. Las palabras eran más fáciles que los sentimientos, menos dolorosas, en muchos sentidos menos reales.

—Hemos llegado, señor. —La voz del cochero se entrometió, y tras dar un respingo Drummond devolvió su atención al presente y salió a toda prisa.

—Gracias. —Pagó generosamente al hombre, diríase una ofrenda supersticiosa a la fortuna, y antes de que tuviera tiempo para pensar y dudar de sí mismo llamó a la puerta.

Como las otras veces, la abrió la sirvienta malhumorada.

—Oh… es usted —dijo torciendo el gesto—. Bien, será mejor que pase, aunque no sé qué va a decir la señora Bridges. Esta es una casa respetable y no le gusta que sus huéspedes reciban visitas regularmente. Al menos no lo que se dice admiradores.

Drummond se ruborizó.

—Las doncellas tienen admiradores —espetó con aspereza—. Las damas tienen amistades o, si desean pedir su mano en matrimonio, pretendientes. Si quiere conservar su puesto, yo en su lugar recordaría la diferencia y hablaría con más educación.

—¡Oh! Bueno, yo…

La mujer no dijo más. Drummond pasó por delante y recorrió con premura el pasillo desnudo en dirección a la parte de atrás, a las habitaciones de Eleanor. Una vez allí llamó con más fuerza de lo que pretendía, al cabo de unos segundos oyó pasos al otro lado y la puerta se abrió. Al verlo, el rostro de la sirvienta se llenó de satisfacción, incluso de alivio.

—Oh, señor, me alegro tanto de que haya venido. Tenía tanto miedo de que no volviera.

—Le prometí que volvería —murmuró, apreciando enormemente la lealtad de la mujer—. ¿Está la señora Byam?

—Oh, sí, señor. No suele salir mucho. No hay ningún lugar al que ir.

—¿Le importaría preguntarle si puede recibirme?

La sirvienta sonrió y mantuvo la ficción.

—Por supuesto, señor. Si es tan amable de esperar aquí. —No había salita de mañana ni biblioteca, tan solo una diminuta antesala, menos que un recibidor, pero permaneció allí tal como le había pedido mientras ella desaparecía para regresar un momento después, el rostro esperanzado—. Sí, señor. Si es tan amable de seguirme. —Le tomó el sombrero, el abrigo, el bastón y los colgó, luego lo condujo hasta la pequeña sala de estar, llena de cosas de Eleanor. Él ni siquiera la oyó salir.

Eleanor estaba junto a la ventana y Drummond supo de inmediato que no había permanecido sentada porque se sentía en desventaja. De algún modo sutil ella le tenía miedo.

En lugar de ira sintió compasión. Él también tenía miedo, miedo del dolor que Eleanor pudiera causarle si lo rechazaba.

—Me alegro mucho de verte, Micah —saludó ella sonriente—. Tienes muy buen aspecto, a pesar del tiempo. ¿Está avanzando por fin el caso?

—Sí —respondió él con una ligera sorpresa—. Sí, está avanzando. Pitt ya sabe quién lo hizo y por qué.

Ella alzó sus oscuras cejas.

—¿Quieres decir que no fue Aaron Godman?

—No… no fue él.

—Oh, pobre hombre. —El rostro de Eleanor reflejó una inmensa tristeza por el dolor que imaginaba—. Qué horror. —Miró por la ventana las paredes mojadas del edificio de enfrente—. Siempre he pensado que el ahorcamiento era una barbaridad. Esto lo hace doblemente bárbaro. ¿Cómo se sentirá su familia?

—Aún no lo sabe. No podemos demostrar quien lo hizo. —Drummond deseaba acercarse a ella, pero era demasiado pronto. Su fuerza de voluntad le hizo quedarse donde estaba—. Estoy bastante seguro de que Pitt está en lo cierto, o quizá debería decir Charlotte. Fue ella quien lo descubrió. Pero por el momento no hay pruebas, nada que pudiera convencer a un jurado.

—Pero Godman es inocente, ¿no?

—Oh, sí. Las pruebas a ese respecto son lo bastante buenas.

Eleanor le dirigió una mirada rápida.

—¿Qué vas a hacer?

Esta vez él sonrió.

—Muy poco. Será Pitt quien lo haga.

—No entiendo. Sé que Pitt se encargará de interrogar a la gente. Me acuerdo de lo suficiente para saber eso. Pero no cabe duda de que las decisiones las tomas tú, ¿no es cierto? —Una expresión burlona apareció en su rostro, una oleada de recuerdos.

—Eso depende de cuándo llegue la solución, aunque espero que no tarde mucho. Está lo bastante enfadado, y triste, como para dedicarle toda su atención.

—Sigo sin entender. Pareces querer decir más de lo que en realidad estás diciendo. —Había un tono interrogante en su voz, ansiedad en sus ojos—. ¿Deseas hacerme partícipe o…? —No terminó la frase.

—Sí, naturalmente que lo deseo. Lo siento. —Era ridículo jugar con ella, o consigo mismo. Debía tener el valor de ponerse a prueba. Tomó aire y tras soltarlo añadió—: He presentado mi dimisión ante el comisario, entrará en vigor dentro de un mes. Y he recomendado a Pitt como mi sucesor. Creo que lo hará mejor que ningún otro. Cometerá errores, pero también será más probable que consiga más cosas positivas que cualquier otro.

Eleanor parecía perpleja.

—¿Has dimitido? ¿Por qué? Sé que has perdido algo de interés, pero no cabe duda de que la cosa cambiará. No puedes darte por vencido sin más.

—Sí, sí puedo cuando hay otras cosas que me importan mucho más.

Eleanor se quedó inmóvil, mirándolo con gravedad; en sus ojos un interrogante.

Ahora era el momento. No tenía sentido andarse con rodeos o intentar sorprenderla.

—Eleanor, sabes que te amo y que deseo casarme contigo. Cuando te lo pedí la otra vez señalaste que eso me costaría mi posición y que por esa razón me rechazabas. Ahora ya nada nos lo impide. Casarme contigo no me causará ningún perjuicio, solo me procurará la mayor de las felicidades. Ahora no puedes rechazarme, a menos que no te reporte la misma felicidad… —Drummond se interrumpió al darse cuenta de que había dicho todo cuanto quería decir, que resultaría torpe presionar en exceso, repetirlo.

Eleanor seguía inmóvil, el rostro un tanto arrebolado, los ojos solemnes, mas con una leve sonrisa en los labios. Por unos segundos los dos permanecieron muy quietos. Luego ella le tendió la mano, la palma hacia abajo, como si quisiera cogerle la suya. Era una invitación y, con un estremecimiento, él lo supo. Sonrió, el corazón a punto de salírsele del pecho. Le entraron ganas de cantar, de gritar, pero cualquier sonido habría echado a perder el momento. Se acercó a ella y le tomó la mano para atraerla suavemente hacia sí. Incontables eran las veces que había deseado hacerlo, que lo había imaginado, y ahora allí estaba ella. Sentía la calidez de su cuerpo a través del vestido, olía su cabello, su piel, más apremiante y excitante que todos los perfumes de lavanda o rosas.

La besó con dulzura, luego más intensamente, por fin con absoluta pasión, y Eleanor le respondió con una entrega con la que jamás habría soñado.

Gracie también había tomado una decisión. Iba a ayudar a resolver el caso, y sabía cómo; no exactamente —eso tendría que esperar a que hubiera averiguado algo más—, pero no cabía duda de que sabía por dónde empezar y lo que pretendía conseguir. Daría con ese desgraciado de las calles que se negó a hablar a Pitt del hombre que le dio el mensaje para Kingsley Blaine a la puerta del teatro. Por lo que había dicho la señora, Aaron Godman, pobre diablo, se parecía muy poco al señor Prosper Harrimore. Para empezar, Harrimore le doblaba la edad ¡y la estatura! El muchacho no podía ser tan tonto como para no darse cuenta de algo así si se paraba a pensarlo y a recordarlo.

Llevaría cierto tiempo, dos días como poco, y no sería sencillo dar a su señora una excusa que resultara creíble. No obstante, había sido una buena mentirosa en el pasado y no cabía duda de que podía volver a serlo por una causa noble. Ya había conseguido el nombre del muchacho por boca de Pitt, así como su paradero.

—Por favor, señora —rogó con la mirada baja—, mi madre está en apuros. ¿Podría concederme un par de días para ir a ayudarla? Intentaré estar de vuelta lo antes posible. Si lo dejo todo hecho hoy, ¿podré irme mañana? Me levantaré a las cinco y prepararé todos los fuegos y fregaré el suelo de la cocina antes de marcharme. Y estaré de vuelta por la tarde para hacer las verduras y fregar los platos después de cenar y las camas y todo. Por favor, señora.

Lo único que le hizo sentirse culpable en el fondo de su corazón fue la mirada de preocupación de Charlotte y la prontitud con que le dio permiso. Pero se trataba de una buena causa. Y ahora rogaba a Dios que pudiera localizar a ese desdichado e inculcarle algo de sentido común.

Se apresuró a desaparecer antes de que le hicieran más preguntas y se puso manos a la obra con resolución.

A la mañana siguiente no faltó a su promesa. Se levantó a las cinco, tropezando en la oscuridad y temblando de frío. Se deslizó silenciosa escaleras abajo para cribar las cenizas del fuego de la cocina, limpiarlo, lustrar la parrilla, prepararlo, encenderlo e ir por el carbón; luego el hogar del salón. A continuación llenó el balde de agua y fregó la mesa de la cocina, después el suelo, y a las siete ya había barrido el salón y el pasillo y dejado todo listo para el desayuno.

A las siete y cuarto, justo antes de que se hiciera de día, salió por la puerta principal antes de que Charlotte bajara a poner al fuego el hervidor. Una vez en la calle, el sombrío amanecer aún iluminado por la luz amarillenta de las farolas, se dirigió a buen paso hacia la calle principal y la parada de ómnibus en la que iniciaría su trayecto hasta Seven Dials.

No estaba del todo segura de lo que pretendía hacer, pero había acompañado a Charlotte más de una vez cuando esta se dedicaba a hacer averiguaciones. Era cuestión de formular las preguntas adecuadas a quienes conocían las respuestas y, lo más importante, plantearlas de forma correcta. Razón por la cual ella era más indicada para esta labor que la propia Charlotte o incluso Pitt. Conocería a Joe Slater de igual a igual y estaba convencida de que ella lo entendería mejor. Sabría si mentía y, posiblemente, incluso por qué.

Era un día sin viento, pero de un frío glacial. Las aceras estaban resbaladizas y el frío penetraba en los huesos atravesando los finos chales y los vestidos de paño. Sus viejas botas ofrecían escasa protección frente a las heladas piedras.

Cuando el ómnibus se detuvo, Gracie se apeó junto con otros cuantos y miró alrededor. El lugar que Pitt había mencionado quedaba a tan solo noventa metros, y ella caminaba a paso vivo. Se trataba de una calle angosta cuyo lado izquierdo estaba lleno de carretones y puestos que vendían pequeños artículos, en su mayor parte de tela y cuero. Sabía que muy pocos eran nuevos; casi todos estaban hechos de ropas viejas, de las que se habían recortado las partes buenas para utilizarlas de nuevo. Y lo mismo podía decirse de los zapatos. El cuero había sido descosido y vuelto a cortar y coser.

Ahora debía empezar a buscar a Joe Slater. Lentamente, como si estuviera buscando una ganga, empezó a recorrer las hileras de desvencijados carretones y bancos hechos de tablones de madera, o incluso mercancías dispuestas sobre el mismo bordillo. No experimentó la culpabilidad de Pitt al ver los rostros macilentos; los ojos hundidos, ansiosos; los delgados, temblorosos cuerpos con sus ropas raídas. Ella había sufrido la pobreza en sus propias carnes. Sus olores, sus sonidos familiares se apoderaron de ella y la hicieron desear dar media vuelta, regresar al ómnibus y dejar todo aquello atrás. En Bloomsbury, en su casa, había una cocina cálida, y a las once, té caliente, que tomaba sentada con los pies junto al hogar, y olía a madera, a harina y a ropa limpia.

La primera media docena de vendedores eran hombres de mediana edad o bien mujeres, de modo que continuó avanzando, apartando la vista para evitar entrar en regateos. Cuando por fin encontró a un muchacho, se quedó mirándolo con atención antes de hablar.

—¿Quieres algo o solo has venido a mirar? —preguntó él con irritación—. ¿Te conozco?

Gracie se encogió de hombros y le dedicó una media sonrisa.

—No lo sé, ¿me conoces? ¿Cómo te llamas?

—Sid. ¿Y tú?

—¿Conoces a Joe Slater?

—¿Porqué?

—Porque quería comprarle algo, claro —respondió ella.

—Yo tengo muchas cosas buenas. ¿Quieres unas botas nuevas? Tengo botas de tu talla —anunció esperanzado.

Gracie observó la colección de botas desplegadas delante del muchacho. Le habría gustado hacerse con unas nuevas, pero ¿qué diría Charlotte si llevara unas de esas, hechas de cuero viejo, los desechos de otros? Tal vez no se diera cuenta. ¿Quién miraba el calzado bajo una falda larga? Y todas las faldas de Gracie eran más bien largas, ya que ella era bastante baja.

—Quizá… —dijo pensativa—. ¿Cuánto?

El chico agarró un par de color marrón claro.

—Una y cinco peniques y medio, por ser tú.

—Una y dos peniques y tres cuartos —ofreció ella de inmediato. Jamás se le habría ocurrido pagar el primer precio.

—Una y cuatro peniques y un cuarto —repuso el chico.

—Una y dos peniques y tres cuartos, o lo dejamos —zanjó ella. Eran unas botas de bonita hechura y buen color. Solo había un pedazo de cuero que parecía realmente desgastado. Hizo ademán de marcharse.

—¡Está bien! Una y tres peniques —propuso el muchacho—. Qué más da un cuarto.

Gracie rebuscó en su gran bolsillo y sacó el monedero. Contó dos monedas de seis peniques y una de tres, pero las mantuvo en la mano.

—¿Dónde puedo encontrar a Joe Slater?

—¿Qué ocurre? ¿Es que las botas no son lo bastante buenas para ti?

—¿Dónde está? —preguntó ella, el puño cerrado con el dinero.

—Mandiles de cuero, unos diez puestos más abajo. —El mozalbete tendió la mano para que le pagara.

Gracie le entregó el dinero, le dio las gracias y se llevó las botas.

Halló a Joe Slater aproximadamente donde Sid le había dicho. Le observó con discreción durante unos minutos, pensando en qué le diría, cómo empezaría. Era un muchacho flaco, escuálido, de pelo rubio y cautelosos ojos grises. Le gustó su rostro. Naturalmente se trataba de un juicio apresurado y estaba bien dispuesta a cambiarlo si era necesario, pero por el momento había algo en sus rasgos que le agradaba.

Se decidió. Alzó el mentón, se irguió y se dirigió hacia él, los ojos brillantes, la mirada directa.

—¿Eres Joe Slater? —preguntó con tono desenfadado. Su voz transmitía su convicción de que lo era.

—¿Y tú quién eres? —inquirió él a su vez con cierta suspicacia. Había que ser cuidadoso.

—Soy Gracie Hawkins —contestó ella—. Quiero hablar contigo.

—Estoy aquí para vender, no para hablar con muchachas —aclaró él, mas no había brusquedad en su voz y su expresión no delataba desagrado.

—Yo no te impido que vendas —aseguró ella. Ahora llegaba la mentira, al menos la primera—. Trabajo para una dama del teatro a la que podrías ayudar si quisieras.

—¿Y qué saco yo de eso?

—¡No lo sé! Yo no saco nada, eso seguro. Pero creo que tú podrías sacar algo bueno. Ella no es pobre, y tampoco tacaña.

—¿Y por qué yo? ¿Qué quiere que haga por ella? —El muchacho arrugó la cara en una expresión de recelo—. ¿Me estás tomando el pelo?

—¡Tengo mejores cosas que hacer que venir hasta aquí en busca de alguien del que nunca he oído hablar solo para tomarle el pelo! —exclamó ella entre carcajadas burlonas—. Tienes que ser tú porque eres el único que lo conoce.

—¿Que conoce qué? —Mal que le pesara, estaba interesado.

—La cara de un tipo que mató a alguien. Lo asesinó de un modo horrible y ahorcaron por ello al hombre que no era.

El chico palideció y en sus ojos apareció una mirada inquisitiva, enfadada.

—Estás hablando del que asesinaron en Farrier’s Lane, ¿no? Bueno, ya les dije a los polis todo lo que sé y no voy a decirle nada más a nadie. ¿Te han enviado aquí los polis? Dios, ¿es que esos hijos de puta no van a dejarme nunca en paz? —El muchacho destilaba ahora verdadera amargura y su cuerpo estaba rígido, los puños apretados.

—Sí, ¿eh? —dijo Gracie con sarcasmo, enfadada consigo misma por haberle agriado el humor y también con él—. Así que soy de la poli, ¿es eso? Y solo tengo esta pinta cuando estoy investigando un caso. En realidad mido un metro ochenta y soy fuerte como un toro. Todo un poli… Me quité el uniforme para venir hasta aquí.

—Vaya, eres muy lista —replicó él con desdén—. Así que no eres un poli. Entonces ¿por qué quieres saber cosas de ese tipo? Todo ha terminado. Esos malditos polis me tienen acorralado como a una rata desde entonces. Primero intentaron convencerme de que vi a un hombre que no vi. Casi me rompen los brazos. —Se encogió de hombros para ver si aún le dolían—. Después me estuvieron doliendo durante meses, vaya que sí. Luego, cuando vino el juicio, volvieron por mí de nuevo. Discutí con ellos y me dijeron que me meterían en Coldbath Fields por robo —explicó con expresión hosca—. ¿Sabes cuántos mueren allí de fiebres? ¡Miles! Que me pondrían a trabajar en la rueda, uno de esos artilugios donde no puedes respirar porque te asfixias y si dejas de andar te caes y te haces un daño horrible en las partes. No le voy a contar a nadie nada de aquella noche, ni a ti ni a tu dama del teatro. Y ahora vete a molestar a otro. ¡Largo! —Hizo un gesto de rechazo con la mano y, ceñudo, le lanzó una mirada enfadada, feroz.

Gracie se quedó de una pieza. No discutió; sabía lo bastante de la policía desde el otro lado de la ley como para creer lo que decía. Unos tíos y un hermano suyo habían sufrido su acoso, y a un primo lejano lo habían enviado a prisión. Ella lo había visto al salir, torpe, consumido por el tifus, las articulaciones doloridas, el caminar inseguro, tambaleante, por la agonía del tormento.

—¡Largo! —replicó el chico con mayor brusquedad—. ¡No puedo decirte nada!

Ella retrocedió un tanto, desconcertada, mas no derrotada, aún no.

Llegó un cliente y regateó con el muchacho durante unos minutos hasta que acabó adquiriendo un mandil; luego se acercó otro, estuvieron discutiendo y no compró nada. Gracie permaneció allí, mirando, durante más de una hora, cada vez con más frío, las manos entumecidas sujetando las botas nuevas.

Joe se dirigió hacia un carretón de la calle siguiente para comprarse una empanada de anguila. Gracie fue tras él y pidió otra. Estaba caliente, deliciosa.

—No vale la pena que me sigas —dijo Joe al verla—. ¡No voy a decirte nada! Y tampoco voy a ir a la poli. —Suspiró y se lamió la salsa de los labios—. Escucha, estúpida, la poli jura y perjura que atrapó al tipo que lo hizo. Lo arrestaron y lo juzgaron. Los petimetres se alegraron. Estuvieron discutiendo y discutiendo como siempre. Dijeron que era culpable, habían hecho bien en echarle el guante, y ahorcaron al pobre canalla. —Dio otro mordisco a la empanada y añadió con la boca llena—: Si crees que van a decir ahora que se equivocaron basándose en la palabra de un don nadie de la calle, es que estás loca de atar, te lo aseguro. —Tragó la comida—. Tu señora delira y solo conseguirá hacerse daño, y hacértelo a ti, si es que eres lo bastante tonta para escucharla.

—No fue él quien lo hizo —afirmó Gracie.

—¿A quién le importa? —la interrumpió el chico, enojado—. Escucha, idiota, a nadie le importa quién lo hizo. Lo que importa ahora es quién queda mal por haber ahorcado al tipo que no era. No van a decir que metieron la pata, pase lo que pase. —Agitó la mano en el aire, con empanada y todo—. Piensa en ello, si es que tienes algo más en la cabeza aparte de serrín. ¿Cuál de esos petimetres va a decir que ahorcaron al tipo que no era? Ninguno… te apuesto lo que quieras.

—No les quedará más remedio —espetó Gracie con fiereza antes de dar un mordisco a su empanada—. La policía ya sabe que no fue el hombre al que ahorcaron. Tiene pruebas. Y sabe quién lo hizo… solo que de eso no tiene pruebas.

—No te creo.

—Yo no miento —afirmó Gracie con furia. Estaba indignada porque esta vez no se trataba de una patraña, sino de la pura verdad—. No tienes derecho a decir que miento. Lo que pasa es que no tienes agallas para enfrentarte a ellos y decir lo que sabes. —Trató de expresarse con el mayor de los desprecios, pero en ello se interpuso tener la boca medio llena.

—Es cierto, no las tengo —convino él—. Y eso ¿por qué? Porque no servirá de nada. Ahora vuelve con tu señora y dile que lo olvide. ¡Largo!

—No pienso irme hasta que vengas a ver al tipo que en realidad lo hizo. —Gracie dio otro enorme bocado a la empanada—. Y luego me dirás si fue él quien habló contigo fuera del teatro. Además deberíamos dar con los tipos que merodeaban por Farrier’s Lane aquella noche y averiguar lo que de verdad vieron, no lo que la poli les dijo que vieron.

—¿Qué quieres decir con «deberíamos»? —El chico alzó la voz, hablando a gritos—. Yo no voy a ningún sitio. Ya tuve bastante con la poli cuando lo del asesinato… no voy a ir ahora a buscarla.

—Claro que vendrás —afirmó Gracie con exasperación tras tragar el bocado de empanada—. No tiene sentido que vaya sola. Yo no estaba allí. Yo no lo vi.

—Bien, yo no pienso ir.

—Por favor.

—No.

—El tipo que en realidad lo hizo sigue ahí fuera —insistió ella.

—Eso me importa un bledo. Ahora vete y déjame en paz.

—No. No te dejaré en paz hasta que vengas conmigo, eches un vistazo a ese tipo y digas si fue él.

—¡No puedes seguirme a todas partes!

—Sí puedo.

—Mira. —El muchacho estaba exasperado—. No puedo hacer nada por ti. Y yo voy a sitios a los que una chica como tú no debe ir. Y ahora ¡lárgate!

—No me iré hasta que vengas a ver a ese tipo.

—Bien, entonces puedes esperar sentada. —Y diciendo eso le dio la espalda y empezó a hablar con un posible cliente haciendo gran alarde de no prestar la menor atención a Gracie.

Esta lo siguió hasta su puesto y allí se quedó, ciñéndose más el abrigo y esperando, observando. Hacía frío y tenía los pies tan helados que ya ni los sentía. Sin embargo, no estaba dispuesta a darse por vencida, aunque tuviera que seguirlo hasta que se fuera a la cama.

A última hora de la tarde Joe recogió el puesto y guardó bajo llave sus escasas mercancías; luego se marchó. Gracie se irguió y echó a andar tras él. El mozalbete se dio la vuelta dos veces, la vio y le lanzó una mirada feroz al tiempo que la ahuyentaba con la mano. Ella le dedicó una mueca y continuó siguiéndolo.

El chico entró en una taberna y se abrió camino hasta el mostrador. Acto seguido entró Gracie, que culebreó y esquivó a la gente para intentar encontrar un sitio junto a él, disfrutando del calor después del frío cortante de la calle.

—¡Lárgate! —exclamó Joe con rabia.

Media docena de personas se volvió para mirarlos, primero a él, luego a Gracie.

—No hasta que vengas a ver al tipejo que lo hizo —repuso ella, testaruda, sorbiendo por la nariz, ya que el repentino calor la había hecho moquear.

—¿Es que no vas a darte por vencida? —susurró él—. Ya te lo he dicho… no me creerán, diga lo que diga. Perderé el tiempo. ¿Es que eres tonta del todo?

Gracie no se molestó en discutir sobre su inteligencia.

—Solo tienes que venir a ver a ese tipo. Si fue él, la poli te creerá.

—¿Ah sí? Y eso ¿por qué? —En su delgado rostro se dibujó el escepticismo.

Gracie no iba a decirle que Pitt sabía que Harrimore era culpable. Tal vez el muchacho no entendiera que fuera necesario tener pruebas. Tampoco podría explicarle fácilmente cómo se había enterado ella.

—No puedo explicártelo todo. —Volvió a sorber.

—No lo sabes.

—Sí lo sé. Y no dejaré de seguirte hasta que le eches un vistazo. Los polis no te harán nada, si eso es lo que te asusta.

—No te atrevas a hablarme así, desgraciada —exclamó furioso—. Tú también estarías asustada si tuvieras dos dedos de frente. ¿Tienes idea de lo que los polis pueden hacerte si les caes mal? Y eso es lo que pasará si dices que sus pruebas no son buenas. Pregúntamelo a mí… ¡yo lo sé!

—Para empezar, no tienes que decírselo a los polis —aclaró Gracie triunfante—. Solo has de venir y verlo, y decírmelo a mí. —Él se dio la vuelta y ella le tiró de la manga—. Te juro que entonces te dejaré en paz. Si no lo haces, iré contigo a todas partes.

—¿Nada de polis? —preguntó él con cautela.

—Te lo juro.

—Entonces nos veremos aquí a las seis e iremos a verlo. Ahora lárgate para que pueda tomarme una pinta en paz.

—Te esperaré fuera. —Gracie volvió a sorber por la nariz.

—Dios, qué mujer. Te he dicho que iré.

—Sí… y tal vez te crea o tal vez no.

—Entonces sal. ¡Y deja de sorberte la nariz!

Como muestra de buena voluntad, Gracie salió a regañadientes al cortante frío. Aguardó paciente en medio de la oscuridad y la lenta llovizna, observando atentamente por si el chico trataba de escapar.

Media hora después vio su figura flaca y su pálido rostro y experimentó un gran alivio, como si se tratara de un viejo amigo. Se abalanzó hacia él, casi resbalando en las piedras mojadas, dándose cuenta de que tenía los pies entumecidos. Estaba helada.

—Entonces ¿estás listo? —preguntó impaciente.

La miró de reojo con expresión de hastío, y algo en el interior de Gracie le dijo que el muchacho esperaba que se hubiera dado por vencida y se hubiera marchado. Ella soltó un gruñido, resuelta a demostrarle lo poco que le importaba. Se trataba de un asunto de negocios. ¿A quién le importaba lo que él pensara de ella?

Echaron a andar por la estrecha acera uno al lado del otro, en silencio. Los adoquines helados resplandecían a la luz de las farolas a medida que pasaban por debajo de ellas, cada una rodeada de un tenue halo de lluvia. Junto a ellos, las ruedas salpicaban y siseaban en la húmeda calzada. Los coches surgían de la oscuridad y volvían a sumirse en ella.

—¿Es que no puedes seguir el ritmo? —preguntó

Joe asiéndole la mano y sujetándola con firmeza mientras pasaban ante grupos de personas apiñadas en torno a braseros de castañas asadas u otra comida; otras estaban aovilladas al abrigo de los portales.

—Tenemos que tomar un ómnibus —indicó Gracie sin aliento—. Es hacia el oeste. Es un petimetre.

—¿En qué parte del oeste? —preguntó.

—Chelsea, Markham Square.

—Entonces iremos en tren —afirmó el chico.

—¿Qué tren?

—El tren subterráneo. Hasta Sloane Square. ¿Es que nunca has montado en el tren subterráneo?

—Nunca he oído hablar de él. —Gracie se dio cuenta de lo ignorante que ese comentario la hacía parecer—. Mi señora va en su coche o en el de otros —añadió—. No tenemos necesidad de tomar el tren a menos que pensemos ir lejos.

—Pues no eres tú distinguida —dijo el muchacho con sarcasmo—. Bien, si tienes dinero para un coche estaré encantado de acompañarte.

—No seas tonto. —Gracie rechazó la propuesta con idéntico desdén—. Iremos en el tren. ¿Cuánto?

—Depende de lo lejos que vayamos… pero no mucho. Un penique o así —contestó él—. Y ahora cierra el pico y no te quedes atrás.

Gracie caminó a su lado durante lo que le parecieron kilómetros, las botas nuevas bajo el brazo, aunque probablemente no fuera mucho más de dos kilómetros y medio. Luego bajaron por unas escaleras y entraron en una estación de ferrocarril cavernosa en la que los trenes circulaban, como topos, por túneles, rugiendo y traqueteando de un modo que la habría aterrorizado si hubiese tenido tiempo para pensar en ello y no hubiera estado en exceso emocionada y demasiado determinada a igualar a Joe en inteligencia, valor y cualquier otra cualidad que a él se le pudiera ocurrir.

No le gustó la sensación de estar sentada en un vagón que se precipitaba por un túnel, veloz como un rayo, y tuvo que concentrarse en pensar en otra cosa; de lo contrario habría soltado un chillido cuando era zarandeada de lado a lado, sabiendo cuan lejos se encontraba de la luz del sol y del aire fresco. Miró a Joe de reojo un par de veces y advirtió que la observaba, de forma que apartó la vista rápidamente. Sin embargo, él corazón le latía a toda prisa de entusiasmo, y su temor no era excesivo.

Por fin se apearon en la estación de Sloane Square y se pusieron a caminar de nuevo, esta vez siguiendo las instrucciones de Gracie, hasta que, acompañados por una lluvia fina y fría, llegaron a Markham Square y se detuvieron bajo los árboles que había frente a la casa de Prosper Harrimore.

—Muy bien —dijo Joe con exagerada paciencia—. Y ahora ¿qué? ¿Qué hay si no sale de casa esta noche? ¿Por qué iba a hacerlo? Solo los tontos y los que no tienen casa salen cuando está lloviendo.

Gracie ya había pensado en eso.

—Entonces tendremos que hacerlo salir, ¿no?

—Oh, claro. ¿Y cómo vas a hacerlo?

—Llamaré a la puerta.

—Y naturalmente la abrirá él en persona… todos sus lacayos tienen la noche libre —dijo él con hastío—. Eres la mujer más tonta que he conocido en mi vida, y eso es mucho decir siendo de donde soy.

—Pues yo no soy de donde tú eres—se apresuró a decir ella, aunque probablemente no fuera verdad—. Tú solo míralo. —Tras decir esto cruzó la calle, con las botas bajo el brazo, salvó los peldaños de la casa Harrimore y llamó a la puerta.

En realidad no era mucho lo que sabía de las casas de la gente pudiente, solo lo poco que acertara a oír a Charlotte y lo que ella misma había colegido del recientemente adquirido hábito de la lectura. Así y todo, se esperaba que la puerta la abriera un lacayo, de modo que no le sorprendió que así fuera.

—¿Sí, señorita? —dijo este, mirándola con desagrado. A punto estuvo de indicarle que se dirigiera a la entrada de servicio, creyéndola una pariente de alguna de las sirvientas, aunque ni siquiera ellas habrían recibido visitas a semejante hora.

Cuando Gracie habló, de su boca surgió un raudal de palabras, y el corazón le latía tan aprisa que casi la asfixiaba.

—Por favor, señor, tengo un mensaje para el señor Harrimore, personal, y no puedo dárselo a nadie más.

—El señor Harrimore no recibe mensajes de personas como tú —espetó el lacayo fríamente—. Si me lo das a mí, yo se lo diré.

—Imposible —se apresuró a decir ella al tiempo que cambiaba de sitio las botas para agarrarlas mejor—. Me lo dejaron bien claro; a nadie más que al señor Harrimore. Esperaré aquí y usted puede ir a decirle que tiene que ver con un muchacho que conoció a la entrada de un teatro hace cinco años y al que le dio un mensaje. Dígale eso y él saldrá a verme.

—¡Bobadas! Fuera de aquí, muchacha.

Gracie se quedó donde estaba.

—Vaya y dígaselo… Entonces me iré.

—¡Te irás ahora! —El hombre agitó la mano enérgicamente—. O avisaré a la policía. ¡Venir aquí a molestar a la gente decente con tus cuentos y tus mensajes! —Hizo ademán de cerrar la puerta.

—No creo que quiera que venga la policía —afirmó ella a la desesperada—. Esta familia ya ha tenido bastante policía y bastante tragedia. Vaya a entregarle este mensaje. No es asunto suyo decidir a quién debe ver el señor Harrimore. ¿O acaso sé cree su guardián?

Tal vez fueran sus argumentos, o quizá su fuerte personalidad y la mirada resuelta de su fiera carita; el caso fue que el lacayo decidió no seguir discutiendo más en la calle, cerró la puerta con firmeza y llevó el mensaje a su señor.

Gracie aguardaba, tragando saliva con la boca seca, el cuerpo tembloroso del frío y la tensión. Llevaba las botas bajo el brazo; tenía las manos demasiado frías para sentirlas. Solo una vez se volvió para asegurarse de que Joe seguía allí, al otro lado de la calle, bien oculto entre las sombras, mas mirando hacia la puerta de los Harrimore.

Esta tardó algunos minutos en abrirse y, cuando por fin lo hizo, apareció un hombre corpulento que miró fijamente a Gracie. Parecía una gran torre que llenaba todo el hueco de la puerta. Su nariz afilada y su ancha frente eran muy poco comunes, los ojos hundidos destilaban enfado y sorpresa.

—¿Quién eres tú? —preguntó—. No te he visto nunca y no sé de qué teatro hablas. ¿Quién te manda?

Gracie retrocedió un peldaño, completamente aterrorizada.

Prosper frunció el entrecejo y avanzó hacia ella.

Gracie siguió retrocediendo y resbaló en el mármol mojado. Habría caído de espaldas sobre la acera de no ser porque Joe había cruzado la calle y estaba allí para cogerla.

Harrimore quedó paralizado, el creciente horror lo hizo palidecer.

—Lo siento, señor —se disculpó Joe mirando a Harrimore, devorando con los ojos sus rasgos, él mismo blanco también. Tragó saliva y añadió con voz cascada—: Está un poco tocada—explicó—. No puede evitarlo. Me la llevaré a casa. Buenas noches, señor.

Y antes de que Harrimore pudiera detenerlo, agarró a Gracie del brazo y se la llevó a rastras. Bajó el bordillo precipitadamente, cruzó la calle a la carrera y se adentró en las sombras del callejón de enfrente. Allí se detuvo y la obligó a volverse, aún de su mano.

—Es él —dijo entrecortadamente—. Es el tipo que me dio el mensaje para el señor Blaine aquella noche. ¡Dios mío! Debe de ser quien lo mató y lo clavó como en una cruz. Dios mío, ¿qué vamos a hacer?

—¡Decírselo a la policía! —El corazón de Gracie latía desbocado, con tanta fuerza que apenas si le permitía hablar. ¡Lo había conseguido! ¡Había descubierto a un asesino!

—¡No seas tonta! —exclamó Joe furioso—. No me creyeron antes y no van a creerme ahora, cinco años después, cuando ya han ahorcado al otro pobre diablo.

—Ahora hay un poli nuevo en el caso, porque han envenenado al juez Stafford —arguyó ella aferrándose a sus botas—. Él te creerá, porque ya sabe que no fue Godman quien lo hizo.

—¿Sí? ¿Y cómo sabes tú eso?

—Porque lo sé. —Aún no estaba dispuesta a admitir que había mentido al decir para quién trabajaba.

De pronto Joe se quedó agarrotado, el cuerpo rígido, tembloroso, y Gracie sintió su terror como una descarga eléctrica. Se dio la vuelta y vio la enorme sombra de Prosper Harrimore perfilada contra la neblina amarillenta de las farolas. Sintió que se le cortaba la respiración y tal debilidad en las rodillas que casi se desplomó allí mismo.

Joe soltó un grito y tiró de ella con tanta fuerza que le retorció el brazo, y a punto estuvo Gracie de dejar caer las botas. El muchacho echó a correr arrastrándola tras de sí, mientras Prosper les pisaba los talones, sus pasos pesados, desiguales.

Corrieron callejón abajo hasta el final, doblaron la esquina y volvieron a la acera iluminada, Gracie con las largas faldas recogidas para no tropezar. Luego cruzaron la calle desierta y entraron en el callejón de enfrente, desaparecieron en un semisótano oscuro y se acurrucaron junto a los peldaños como dos animales asustados, los corazones desbocados, el pulso acelerado, los rostros y las manos ateridos.

No se atrevían a moverse y menos aún a levantar la cabeza para mirar, pero oyeron el caminar pesado, irregular de Prosper, que paso por la acera por encima de sus cabezas y se detuvo después.

Joe agarró con tal fuerza la mano de Gracie que, de no haberla tenido insensible por el frío, le habría dolido.

Prosper siguió avanzando lentamente, se paró de nuevo, luego sus pasos se fueron alejando en la distancia.

Sin decir palabra Joe se puso en pie, seguidamente tiró de Gracie y subieron por las escaleras, sin dejar de mirar a derecha y a izquierda. Prosper, que se encontraba a unos noventa metros, se dio la vuelta poco a poco.

—Vamos —susurró Joe, antes de echar a correr por la acera en la otra dirección.

Prosper los oyó y se volvió a toda prisa. Empezó a correr con sorprendente agilidad a pesar de la cojera.

Recorrieron el primer callejón y bajaron por el siguiente esquivando cubos de basura, tropezaron con un viejo carretón y reanudaron la marcha, salieron a la calle de más allá y fueron a parar a unas caballerizas, donde pasaron por unos establos en los que una única luz arrojaba un haz amarillento. Los espantados caballos empezaron a bufar y relinchar.

Gracie y Joe saltaron una verja. Ella tropezó en lo alto golpeándose las piernas y enredándose en sus largas, mojadas faldas. Joe la llevó medio a rastras por un jardín, pisando plantas y arriates, abriéndose camino a duras penas entre arbustos y ramas que les azotaban el rostro, evitando tan solo el tupido, espinoso acebo. Gracie seguía aferrada a sus botas. Atravesaron un camino de gravilla que, en sus desbocados corazones, resonó como una avalancha de rocas.

De pronto Joe se detuvo, Gracie pegada a él. Su propia respiración era demasiado ruidosa, no les dejaba oír si Prosper aún les seguía.

—Gente —dijo Gracie entre jadeos—. Si pudiéramos encontrar una calle con gente estaríamos a salvo. No se atrevería a hacernos nada.

—Sí se atrevería —aseguró Joe con amargura—. Gritaría «¡Al ladrón!» y diría a todo el mundo que le habíamos birlado el reloj o algo y ellos lo ayudarían.

Gracie supo de inmediato que tenía razón.

—Vamos —apremió Joe—. Tenemos que ir al este. Si entramos en nuestro propio territorio nunca nos encontrará.

Y se puso en marcha de nuevo, esta vez caminando a buen paso. Gracie iba a su lado, sin aliento, y echaba una carrerita de cuando en cuando para alcanzarlo, aún con las botas bajo el brazo y la falda recogida para no tropezar con ella. Cuando volvieron a salir a la calle, advirtieron que habían dejado a Prosper atrás.

—Bloomsbury —propuso ella cuando pudo tomar aliento—. Tenemos que llegar a Bloomsbury; entonces estaremos a salvo.

—¿Porqué?

—Porque ahí es donde vive mi señor. Él lo arreglará —respondió Gracie.

—Antes dijiste que tenías una señora.

—Y así es… pero será su marido el que se encargue del señor Harrimore. Vamos. No discutas conmigo. Tenemos que tomar un ómnibus hasta Bloomsbury.

—¿Tienes dinero? —preguntó Joe deteniéndose y mirando hacia atrás por encima del nombro.

—Claro. Y yo no puedo correr más.

—No importa, no tendrás que hacerlo —dijo el muchacho con dulzura—. No está mal para ser una chica. Vamos. Cogeremos un ómnibus en la siguiente parada.

Gracie le dedicó una amplia sonrisa, rebosante de alivio.

Sin previo aviso Joe se inclinó hacia ella y le dio un beso. Sus labios estaban fríos, pero él era muy delicado, y al cabo de un momento la calidez la invadió con una dulzura semejante al canto y al fuego, y Gracie le devolvió el beso, dejando caer las botas sobre la acera.

De pronto él se apartó, intensamente ruborizado, y se alejó con paso airado; ella recogió las botas y corrió tras él. Lo alcanzó en la esquina de la calle por donde pasaban los autobuses.

Media hora más tarde estaban los dos en la cocina de Charlotte, temblando de frío, empapados, maltrechos, sucios, las ropas rasgadas, pero a salvo.

Joe quedó horrorizado al reconocer a Pitt y darse cuenta de que se hallaba justo en el campo del enemigo, pero era demasiado tarde para dar marcha atrás, y el bendito calor se encargó de borrar el último rastro de su instintivo pavor.

—¡Por el amor de Dios! ¿Dónde has estado? —inquirió Charlotte furiosa, la voz llena de miedo y alivio—. ¡Estaba tan preocupada por ti…!

Pitt le puso la mano en el hombro y su presión la hizo callar.

—¿Qué ha sucedido, Gracie? —preguntó con ecuanimidad, en pie frente a ella—. ¿Qué has estado haciendo?

La sirvienta respiró hondo y lo miró a los ojos. Se sentía en extremo aliviada por estar a salvo. Pitt le imponía respeto y sabía que, antes o después, tendría que enfrentarse a Charlotte, pero también estaba orgullosa de sí misma.

—Joe y yo hemos ido a ver al señor Harrimore, el que mató al pobre señor Blaine. Y Joe lo miró de arriba abajo y sabe que fue él el de aquella noche, señor, y lo jurará en el tribunal.

Joe abrió la boca para objetar, luego observó la pequeña, resuelta figura de Gracie y se lo pensó mejor.

Pitt lo miró con aire inquisitivo.

—¿Es eso cierto? ¿Fue al señor Harrimore al que viste aquella noche?

—Sí, señor. Era él —respondió Joe.

—¿Estás seguro?

—Oh, sí, señor. Y él también lo sabe. Lo llevaba escrito en la cara y nos estuvo siguiendo. Nos persiguió durante más de tres kilómetros. Creo que si nos hubiese cogido ahora estaríamos clavados en la puerta de algún establo. —Se estremeció al pensarlo, como si un frío glacial lo hubiese azotado incluso en la caldeada cocina.

Charlotte abrió la boca para decir algo, pero en lugar de ello ordenó a Gracie que se quitara las botas mojadas y las colocara junto al hogar. Después se dirigió a la cocina para poner a calentar el hervidor y sacó algo de pan, mantequilla y mermelada.

—¿Y lo jurarás ahora? —insistió Pitt.

Joe miró de reojo a Gracie.

—Sí… si es necesario.

—Bien. —Pitt se volvió hacia Gracie—. Has sido muy lista, y muy valiente —afirmó con solemnidad.

La sirvienta se ruborizó, encantada, y sintió un hormigueo en sus helados pies.

—Has hecho un excelente trabajo detectivesco —añadió Pitt.

Ella estaba más erguida aún si cabe, mirándolo con fijeza.

—Y también has mentido a la señora Pitt con respecto adonde ibas y por qué, has puesto tu vida en peligro por no hablar de la de Joe y posiblemente hayas pillado una pulmonía. Si vuelves a hacerlo me veré obligado a castigarte de por vida. ¿Me has entendido, Gracie?

Pero no dijo lo único que ella de verdad temía: que estaba despedida. Se había cuidado muy mucho de mencionarlo.

—Sí, señor —dijo ella en una intentona de mansedumbre que fracasó estrepitosamente—. Gracias, señor. No volveré a hacerlo, señor.

Él expresó sus dudas con un gruñido.

El hervidor empezó a silbar y Charlotte preparó té y lo llevó a la mesa de la cocina junto con el pan y la mermelada.

Joe comió su parte casi antes de tenerla en el plato, y Gracie mantuvo entre las frías manos la humeante taza, cuya calidez la hería a medida que la vida volvía a sus dedos. Sonrió a Joe y este le devolvió una breve sonrisa antes de apartar la mirada.

—Será mejor que te busque algo de ropa seca. —Charlotte miró con aire dubitativo a Joe—. Aunque no sé de dónde voy a sacarla. Y tú te irás a tu cama —ordenó a Gracie—.Ya te diré cuándo puedes levantarte.

—Sí, señora.

Pitt estaba sentado en el borde de la mesa.

—¿Va a ir usted a detenerlo, señor? —preguntó Gracie.

—Naturalmente.

—¿Por la mañana?

—No —contestó él disgustado, encogiéndose de hombros y apartándose de la mesa—. Ahora, antes de que se alarme y huya.

—No pensarás ir solo, supongo. —La voz de Charlotte traslucía miedo.

—No, claro que no. No me esperes levantada. —Pitt la besó fugazmente, dio las buenas noches a Gracie y a Joe, salió de la cocina y se detuvo en el recibidor para coger el abrigo, el sombrero y la bufanda.

Casi una hora después Pitt y dos policías tomaban un coche con dirección a Markham Square. Era tarde, hacía un frío penetrante y una persistente llovizna lo empapaba todo, hacía brillar las aceras y dibujaba vagos remolinos de gotitas en torno a las farolas. Las hojas mojadas obstruían los desagües de las avenidas más elegantes y solo el sonido de algún carruaje rompía el silencio de cuando en cuando. Las cortinas estaban echadas y la luz escapaba a través de unas cuantas finas rendijas.

Pitt alzó el pesado llamador y lo dejó caer sobre la puerta. Un agente permaneció junto a las escaleras del semisótano por si Harrimore decidía escapar por ahí. El otro estaba apostado en la entrada de las caballerizas.

Al cabo de un buen rato un lacayo abrió la puerta y miró con recelo la imponente figura de Pitt.

—¿Sí, señor?

—Buenas noches. Me llamo Pitt, soy de la policía. Necesito hablar con el señor Prosper Harrimore.

—Lo lamento, pero el señor Harrimore se ha retirado a sus habitaciones. Tendrá que volver por la mañana. —El hombre hizo ademán de cerrar la puerta.

Pitt avanzó, para sorpresa del lacayo.

—Imposible.

—Tendrá que aceptarlo, señor —repuso el hombre—. Ya se lo he dicho, el señor Harrimore se ha retirado a sus habitaciones.

—Me acompañan dos agentes—informó el inspector inexorable—. No me obligue a armar un escándalo en la calle.

La puerta se abrió de par en par y el lacayo retrocedió, completamente pálido. Pitt entró en el recibidor tras hacer señas al policía apostado junto a las escaleras para que lo siguiera.

—Será mejor que despierte al señor Harrimore y le pida que baje —susurró—. Agente, vaya con él.

—Sí, señor. —El policía obedeció de mala gana y el lacayo, con aire compungido, subió por las amplias escaleras de madera.

Pitt esperó abajo. Un par de veces dejó vagar la vista por las paredes para observar los cuadros, la delicada filigrana de las puertas, un elegante friso, pero al poco volvía a mirar la escalera. Reparó en el bastonero del recibidor, se dirigió hacia él y examinó los bastones uno por uno. El tercero estaba perfectamente equilibrado y tenía la empuñadura de plata. Tardó unos segundos en percatarse de que también era una espada. La sacó con lentitud, sintiéndose algo aturdido. La hoja era larga y muy fina, resplandecía con la luz. Estaba impoluta, de no ser por una diminuta marca pardusca en la banda en la que se unía al puño. La sangre debió de correr por el acero al dejarla en el suelo para crucificar a Blaine.

Estaba de cara a la puerta del comedor cuando oyó un ruido por encima de su cabeza y levantó la vista al instante. Devlin O'Neil estaba en lo alto de la escalera, la mano en el poste de la barandilla. Llevaba puesto un batín y parecía nervioso.

—¿Qué le trae por aquí a esta hora de la noche, inspector? No me diga que ha habido otro asesinato.

—No, señor O'Neil. Creo que será mejor que esté preparado para cuidar de su esposa y de su abuela política.

—¿Le ha ocurrido algo a Prosper? —O'Neil empezó a bajar a toda prisa. El mayordomo me ha dicho que salió hace ya un rato y no lo he oído volver. ¿Qué ha pasado? ¿Un accidente? ¿Está herido de gravedad? —Dio un traspié en el último peldaño y chocó contra Pitt, y se habría caído de no agarrarse rápidamente al poste de abajo.

—Lo lamento, señor O'Neil —dijo Pitt, y aquel debió de percibir la tragedia en su voz. Su rostro perdió todo vestigio de color y se quedó mirando fijamente al inspector sin decir palabra—. Me temo que he venido a arrestar al señor Harrimore —prosiguió— por el asesinato de Kingsley Blaine, hace cinco años, en Farrier’s Lane.

—¡Oh, Dios mío! —O'Neil se vino abajo como si las piernas le hubieran fallado y se desplomó en el último peldaño, la cabeza entre las manos—. Eso es… es… —Quizá fuera a decir «imposible», pero algún recuerdo o instinto se lo impidió, y las palabras murieron en su garganta.

—Creo que será mejor que el lacayo le traiga un buen brandy y que se prepare para hacerse cargo de la señora Harrimore y su esposa —propuso Pitt con amabilidad—. Van a necesitarlo.

—Sí. —O'Neil tragó saliva y tosió—. Sí… así lo haré. ¿Sería usted tan amable de…? No, lo haré yo mismo. —Acto seguido se puso en pie un tanto trabajosamente y avanzó dando traspiés por el recibidor para hacer sonar la campanilla.

Inmediatamente después apareció Prosper en lo alto de la escalera, seguido de cerca por el agente. Parecía aturdido, como si estuviera sonámbulo. Bajó con lentitud, procurándose el sostén necesario en el pasamanos.

—Señor Harrimore… —empezó Pitt. Lo miró a la cara, curiosamente inexpresiva; solo su mirada era frenética, estaba transida de oscuridad y dolor—. Señor Harrimore —repitió con calma. Detestaba eso incluso más que informar a los familiares de las víctimas—. Queda usted arrestado por los asesinatos de Kingsley Blaine, hace cinco años, en Farrier’s Lane, del juez Samuel Stafford y del agente de policía Derek Paterson en su casa. Le recomendaría que me acompañara sin oponer resistencia, señor. Su familia sufrirá más de lo necesario, y ya le resultará bastante duro tal como están las cosas.

Prosper se quedó mirándolo con fijeza, cómo si no hubiese oído o entendido.

Adah estaba bajando por las escaleras, aferrada al pasamanos, el rostro ceniciento. Los largos cabellos grises le caían por el hombro en una fina trenza, un chal abierto dejaba a la vista el grueso tejido de su camisón.

Finalmente Devlin O'Neil volvió a la vida. Se movió de donde estaba, junto a la campanilla, y se dirigió a la escalera.

—No debería estar aquí, abuela —dijo con amabilidad—. Vuelva a la cama. Luego iré a contarle lo que ha sucedido. Ahora suba, no vaya a coger frío.

Adah hizo distraídamente un gesto con la mano, como para ahuyentarlo. Tenía la vista clavada en Pitt.

—¿Va a llevárselo? —preguntó, la voz quebrada.

—Sí, señora. No tengo alternativa.

—Es culpa mía —se limitó a decir ella—. Lo hizo él, pero es culpa mía, yo soy culpable ante Dios.

Devlin O'Neil hizo ademán de agarrarla, pero ella se zafó sin apartar la mirada de Pitt.

—¿Es cierto? —Pitt observaba su atormentado rostro. No necesitaba saberlo, pero era consciente de que la anciana estaba decidida a contárselo y que era imposible detenerla. Necesitaba liberar medio siglo de culpa y agonía.

—Supe que lo habían deshonrado antes de que naciera —comenzó—. Mi esposo yació con una judía y luego conmigo cuando estaba encinta de él. Sabía lo que ocurriría. Traté de deshacerme de él. —Meneó la cabeza—. Probé todo cuanto conocía… pero no lo conseguí. De modo que nació… pero deforme, contrahecho, como ve. No sabía que había matado a Kingsley, pero me lo temía. La historia se repetía, ¿entiende? —observó al inspector, escudriñó su rostro para asegurarse de que la entendía.

—Sí —afirmó Pitt a media voz, aturdido por tamaña sordidez—. Entiendo. —Imaginó a Adah de joven, traicionada, amargada, creyendo a pies juntillas en la superstición que le habían enseñado, detestando al hijo que llevaba en sus entrañas y aterrorizada por esa contaminación en la que creía firmemente, sola en algún cuarto de baño, intentando con desesperación que se malograra el niño en su vientre.

El inspector la asió del brazo.

—Ahora no puede hacer nada. Vuelva a la cama. Todo ha terminado.

Adah se volvió para mirar a Prosper y por un instante sus miradas se encontraron. Ninguno de los dos dijo nada. Luego, como una mujer muy anciana, obedeció a Pitt: subió por las escaleras, plúmbeos los pies, la espalda corvada. No se giró ni una sola vez.

—Yo no maté al juez Stafford —aseguró Prosper, la mirada fija en Pitt—. Juro por Dios que no lo hice y tampoco maté a Paterson. Puedo demostrarlo.

El inspector tardó un instante en comprender plenamente lo que acababa de decir, y también que no mentía.

—Pero sí mató a Kingsley Blaine.

—Sí… Dios me perdone. ¡Lo merecía! —Su rostro volvió por fin a la vida, la boca torcida de cólera y dolor—. Estaba engañando a mi hija con esa judía. Y haciéndoles a mis nietos lo que mi padre me hizo a mí. —De pronto el odio se desvaneció, y Prosper abrió los ojos de par en par—. ¡Pero no maté a Stafford! Llevaba semanas sin verlo cuando murió. Y tampoco maté a Paterson. Esa noche estuve en casa de un amigo, y hay veinte personas que pueden jurarlo.

A Pitt le daba vueltas la cabeza. Si Prosper no había matado a Stafford y tampoco a Paterson, ¿quién lo había hecho? ¿Y por qué? Por el amor de Dios, ¿por qué?

Sin mediar palabra tomó a Prosper del brazo, el agente se situó al otro lado, a su derecha, y se dirigieron hacia la puerta principal, pasando ante Devlin O'Neil, aún aturdido, el batín flojo, sin percatarse del frío. El agente abrió la puerta y salieron los tres. Llovía. Pitt llevaba consigo el estoque.